Lo Absurdo y Lo Fugaz

Conocí al hombre más intrigante que el destino quiso poner en mi camino. Llevaba consigo un misterio suave, casi luminoso: era enigmático, amable, inteligente, encantador. Parecía hecho de esa mezcla imposible de elegancia y calma que solo poseen quienes han vivido mucho sin perder la esencia. Tenía éxito, tenía presencia, tenía un magnetismo que no necesitaba explicarse. Frente a mí, en aquella entrevista, guardé tantas preguntas en el alma… pero algo en mis palabras lo dejó sin voz, como si hubieran tocado un lugar secreto dentro de él. Se quedó inmóvil, sorprendido, descubriéndose a sí mismo entre mis silencios. Para aliviar la pausa, le ofrecí un hilo desde el cual continuar, y entonces admitió que, de algún modo, estaba aprendiendo algo nuevo sobre su propia historia a través de la mía. Cuando la cámara se apagó y la luz dejó de observarnos, el mundo quedó quieto. Sin el peso de los focos ni del tiempo, se acercó a mí con una sinceridad que no buscaba escenario. Fue entonces cuando compartimos un beso, suave y profundo, como si dos almas antiguas recordaran que ya se conocían desde antes. En otro momento... Me senté a tomar un café con la intención de reencontrarme con aquel libro que había dejado suspendido durante meses. Buscaba un momento de calma, un pequeño refugio cotidiano. Pero la tranquilidad se quebró cuando entró un hombre conocido por su reputación oscura. Su actitud, cargada de arrogancia, invadió mi espacio sin permiso, como si creyera que todo le pertenecía. Su comportamiento fue tan inapropiado que el enojo me subió como un incendio; le reclamé con firmeza, exigiendo respeto, recordándole que sus actos no quedarían sin consecuencia. Aun así, él pareció inmune a mis palabras. Más tarde, mientras regresaba sola a casa, la noche comenzaba a envolverlo todo con su sombra. Entonces me encontré con un viejo amigo, alguien cuya presencia siempre había sido un respiro. Caminó conmigo para acompañarme en la oscuridad, y poco a poco le conté lo ocurrido. Vi en su mirada una indignación protectora, un reflejo de la injusticia que yo misma había sentido. Nos detuvimos junto a un camión estacionado para seguir conversando, como si el mundo alrededor se hubiera detenido a escucharnos. En ese instante nació entre nosotros una cercanía inesperada, como si las emociones contenidas durante años encontraran por fin un cauce. Me abrazó, y aquel gesto sencillo encendió algo profundo en mí. Lo besé con una intensidad que llevaba tiempo dormida, un impulso sincero, humano, lleno de deseo de conexión y refugio. En su abrazo encontré calor, compañía y la sensación de estar exactamente donde quería estar, aunque las palabras no alcanzaran para explicarlo.

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